sábado, 28 de marzo de 2009

Alucinado



Miré el reloj, eran las cinco, unos nubarrones con formas ecuestres se acomodaban más allá del viejo almacén que en otro tiempo supo ser guarida de facinerosos a quienes evitaba mostrar mis miedos infantiles que aun vagan por los anaqueles de los recuerdos.
La ciudad, el ruido, las calles llenas de mugre autóctona, el hastío y la pesadumbre de la semana que incrementaban el peso de los hombros y la sensación de querer escapar. Melancólicos sentimientos con aires de tirano, controladores, perversos, ingratos, con sabor a trágica inocencia que se acomodan en lo cotidiano siendo regentes de la realidad toda, a pesar de nuestras ilusiones de estrellas brillantes. ¿Cuánta realidad podré soportar? ¿Cuánto realismo puede contener una vida? ¿Alguien podrá rescatarme de esta abundancia habitual de estratagemas sin ilusión?
La nube iba cambiando sus formas. Los ojos miraban no sin curiosa mirada, aquello que podía tratarse del juego de las musas, si bien las musas habían entrado en un eterno descanso dejándonos librados a nuestra pobre suerte.
Níveo celaje que te conviertes en mano, así me imagino que es la mano de Dios, mano que me envuelve para llevarme a otro mundo, tal vez el de los ansiados oropeles que en otros tiempos eran artificios de mitologías infantiles.
No tuve miedo. Sin mareos y con ánimo de surcar el cielo me dejé llevar por el impulso del viento.
Desperté en medio de la noche, las limpias gotas de lluvia me devolvían otra vez a la realidad.

domingo, 15 de marzo de 2009

jungla de cemento

A mi querido amigo Pedro
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Entonces corrió hacia el viejo sauce esperando encontrar algo de paz, la frondosa sombra, envuelto en un silencio diáfano regalaba una ingenua esperanza; salir del mundo plagado de bocinas y alarmas, salir de la esfera de las luces de neón, salir de las marchas de rostros molestos, de mujeres hambrientas por alimentar a sus hijos, de pechos estériles con necesidad de justicia, de viejos solitarios al borde de la muerte en medio de latidos cardíacos.
La sombra, la distancia, la necesaria distancia entre el cotidiano trajín y la visita a paraísos cercanos, posibles y alcanzables. La música que emanan los pavimentos ennegrecidos marcan ritmos agotadores que implican idas y venidas. El hombre sólo quería descansar un rato bajo el sauce viejo sin pensar en otra cosa, tal vez ni siquiera descansar sino sólo llegar, como el corredor que piensa en la meta.
Su teléfono sonó una vez más. No quiso ver quien lo llamaba con tanta insistencia, si es importante volverán a llamar hasta encontrarme, pensó como una sentencia. El tren iba vacío y sucio como su interior, tal vez por eso se hallaba bastante a gusto. Unos ojos redondos y grises lo miraban mezclando ternura y deseo, tampoco se percató que aquellos ojos podrían haber sido los del amor de su vida. Un papel se había pegado a su zapato, descuentos en tumbas durante el mes de abril… cementerio privado….
… el hombre nunca sintió el cuchillo abriendo la garganta, ni la sangre, ni los grises ojos, ni los párpados pesados, ni la estación que quedaba atrás, las puertas cerrándose lentamente como la vida.