jueves, 31 de diciembre de 2009

Alma()naque

Tomó la copa repleta de espumante, sentía calor en las mejillas pobladas de gotas de sudor, apenas extendió el brazo con la copa, casi sin ganas repitió la frase que los comensales se decían casi como regalándose pétalos de rosas. Los almanaques son un mal necesario, el tiempo es implacable y solamente podemos medirlo, o intentar medirlo perdiendo tiempo en su empresa. Cuando dieron las doce, las copas chocaban al compás de saludos y buenos deseos, hemos dado un paso desde el mismo sitio donde estábamos hace segundos atrás, hemos deshojado otra vez el almanaque cambiando no solo el día o el mes sino también el año. En china se nos han adelantado, en Alaska todavía no comenzaron a cenar.
No tuvo ganas de festejar, pero era imposible no dejarse llevar por la oleada de concurrentes alborotados para la ocasión. Feliz año nuevo, repetían como loros extasiados y revoloteando alrededor de la mesa llena de confites, turrones y frutos secos, feliz año nuevo profirieron entre gritos sacados a flor de labios que emanaban alcohol, feliz año nuevo me habían dicho el año pasado y el anterior y el anterior al anterior.
Él se limitó a tomar el frío espumante, ya que nunca es bueno desperdiciar un espumante a punto e intentó olvidar los planes de dejar el cigarrillo al comenzar el nuevo año.

martes, 22 de diciembre de 2009

Caida


Trepó por el muro a punto de desfallecer, los brazos le temblaban y sudaba mucho. Buscaba salientes para meter sus dedos colorados de esfuerzo y llenos de dolor. Escudriñando cada hueco, cada pedacito de superficie para poder seguir subiendo. Algo mal en la cabeza tienen los escaladores, nadie puede disfrutar esto, pensó en un momento de cansancio en que se dejó ganar por la reflexión inocua. Tengo que subir, se repetía como un disco rayado, tengo que llegar a la cima.
Unos recuerdos incómodos lo perseguían sin piedad mientras el hombre pendía como una figurita del alto muro. En ese momento sintió un nudo en la garganta y sensación de vacío en el estómago, sintió nauseas y un ligero mareo, sintió que se desvanecía y por un instante se dejó caer.
No se sintió ave, ni superhombre, ni siquiera él mismo; sensaciones semejantes a la niñez recorrieron su cuerpo cansado y tembloroso.
Aquella tarde no hubo testigos de la caída que lo dejaron magullado y aturdido. Aquella tarde no hubo héroe que lo salvara de caer. Aquella tarde, fue sólo el duro suelo el que lo atajó con violencia al caer de su mullida cama despertando del incómodo sueño.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Café


Recorrió la calle mojada y poblada de ausencias con la simple intención de tomar un café. Saborear a medida que avanzaba paso a paso, la humeante taza, las atmósfera que se da en los cafetines porteños donde el corazón se armoniza al ritmo del ruido de la cafetera o de las chapitas golpeando sobre las feas bandejas de los mozos.
No se percató del horario, ni de la lluvia que lo estaba empapando, ni del calor que invitaba más a una cerveza que a un café caliente como el día.
Percibió, si, una luz que lo seguía como si fuera una luciérnaga, pero las luciérnagas no son comunes en ciudades como Buenos Aires, no tenemos espacio para ellas, ni para alguna gente con brillo propio, porque es la misma Reina del Plata la que brilla y refleja.
Una ráfaga de recuerdos le atravesó el pecho junto con la luz que revoloteaba en el camino y recordó a sus muertos, a los que habían muerto por causas naturales y los que habían desaparecido por la acción del tiempo, en definitiva todos cargamos con muertos, los que han muerto en la vida y los que ha matado el tiempo, o nuestro desinterés, o nuestra abulia, o nuestras ocupación diarias. Recordó rostros colmados de sonrisas, conversaciones, abrazos adeudados, sentimientos, palabras. Recordó también algunas direcciones y números de teléfonos, sensaciones extrañas le embargaban el cuerpo, subiendo desde los pies y haciendo helar la cabeza; tuvo ganas de golpear la cabeza con el primer poste a mano pero los ojos mojados de lágrimas frescas que traían cosas pasadas no lo dejaban encontrar con que golpearse. Tanteó un pañuelo en el bolsillo, pero no usaba pañuelo desde la gripe de 2004 cuando el médico le recomendó pasar a los pañuelos de papel.
El café le sabía insulso y los sonidos del reciento metálicos y lejanos. Tuvo ganas de fumar un cigarrillo como los viejos tiempos en que te podías arruinar la vida tranquilo y sin tanta conciencia sanitaria. La luz salía de su dedo índice atravesando el recinto, saliendo por la vidriera y perdiéndose por la calle. Nadie se percató. A nadie le sorprende nada en la cuidad en estos días, podes salir corriendo desnudo o con los dedos como linternas que todo da igual, pensó destapándose el dedo que había cubierto en un arrojo de pudor.