jueves, 14 de agosto de 2008

El tonto

Prefirió que pensaran que no comprendía y que no distinguía la realidad.
Prefirió que pensaran que se perdía en elucubraciones incomprensibles para él.
Prefirió que pensaran que no había mapa para salir de ese laberinto, que todos pensaran que era sin estrategias.
Prefirió que pensaran que era el más tonto, para así no hacerse cargo de aquellas cosas que se encargaban los otros.
Prefirió que pensaran mientras él dejaba de pensar.

miércoles, 13 de agosto de 2008

El totem

El jefe había decretado que las siguientes lunas serían dedicadas a celebrar las fiestas de la concordia. El calendario había sido fijado y el mandato acordado, un tótem de nueve brazos de altura se erigiría en medio de la tribu para el comienzo de la fiesta. El joven Maco, había sido elegido para realizar la pieza. Su padre le había enseñado a trabajar la madera, los secretos habían pasado de generación en generación. Ilustre 0ficio que regalaba a la tribu la posibilidad de rendir culto a los dioses ya que la tribu no conocía aun los metales.
Maco sabía distinguir árboles y resinas. Trabajaba la madera con la suavidad de un pétalo y la sencillez de la misma madera.
El tótem contaría con cuatro figuras, eso lo decretaba el mismo jefe de la tribu, pero correspondía a los ancianos determinar cuáles serían aquellas figuras junto al artesano que asentaría su impronta.
La tortuga sostenía la figura, porque recordaba su persistencia y tenacidad; el tiburón por su bravura y agresividad; el toro por su fuerza y el tero por ser el animal favorito de los niños de la tribu.
Uno de los ancianos frunció el seño en señal de desaprobación, el tero no es un animal apropiado para el tótem, deberíamos poner una lechuza que represente la sabiduría, hemos perdido el amor por la sabiduría, afirmó con firmeza.
Maco dibujaba en la tierra los bocetos posibles cuando estaba por concluir la figura del tero preguntó al viejo que era la sabiduría. Todos escucharon perplejos la exposición del viejo, hasta los niños que habían dejado de jugar y escuchaban escondidos detrás del matorral cercano al círculo. No podemos perder el amor por la sabiduría, repetía una y otra vez usando figuras cotidianas y diáfanas. De pronto los viejos sabios interrumpieron y comenzaron a discutir sobre el tema hasta que uno tomó el cuchillo y se lo clavó en el pecho de un solo golpe y sin grito.
No hubo lechuzas aquella noche en la aldea.
El joven Maco, se quedó pensativo a un costado del reguero de sangre.
El tótem de la concordia había perdido la razón.

martes, 12 de agosto de 2008

La tentación


Y tuvo la tentación de explotar en un grito fuerte y sonoro, en un grito de verdades espeluznantes que helaran incluso a los espíritus más fuertes. Tuvo la tentación de despotricar contra cielo y tierra, gritando verdades sin medir consecuencias. Tuvo la tentación de remontarse al pasado no tan lejano y volver a representar ciertos actos, ciertos sucesos. Tuvo el impulso de quemar colores y claudicar al deseo de colorear la vida que se posaba en atmósferas de grises tediosos y fríos.
No le estallaba la cabeza ni el corazón, era su existencia la que quería salir corriendo por un atajo que no se revelaba. Quiso ser rápido como el rayo, pero se sentía pesado, lento, envuelto en un letargo contagioso que no le impedía gritar. Quiso ser invencible frente a la vida que a esta altura se sentaba a tomar un café con una mirada jocosa y burlona. Tuvo impulsos violentos de final trágico, pero no lo terminaba de convencer la escena. ¿Cómo se atreve esta puta vida a sentarse con ese desparpajo en mi mesa de café? ¿Cómo se atreve a mirarme con esos aires de superioridad?
Mirate en el espejo, dijo tentando a la vida que siempre sufrió aires de coquetería. Mirate… mirate bien…
La vida no soportó la tentación…
Fue allí cuando quitamos su túnica, que ahora no parecía tan esplendorosa y la dejamos desnuda.

lunes, 11 de agosto de 2008

El transeúnte



El joven muchacho imaginaba la distancia que lo separaba entre su barrio, más allá de la periferia y la adusta ciudad. Ensayó palabras de justificación para sí. Pensó en la cuidad, llena de cemento, en los pocos empedrados que le gustaban y le producían una especie de melancolía sin peligro. Pensó en el micro que debía tomar en la parada despoblada, en un sitio cualquiera, pensó en el frío, en el encuentro, en el programa sin armar, se dejó envolver por indecisiones sin sentido que poseía como un adorno, como accesorio de costumbre y se lamentó sin gemidos.
Pensó, o no lo pensó, simplemente se vistió de florida imaginación, se dejó llevar por la imagen de aquellos pies pisando el pavimento, en las calles atestadas de transeúntes, siendo él uno más del resto. Imaginó ser parte de la masiva horda de peatones que surcaban las calles en un devenir sin prisas y sin pausas. Imaginó el sitio donde se detiene el micro, y su huella estampada sin dejar marca. Imaginó que el día era hoy. Que una sinfónica marea de bocinazos lo acompañaba por aquellas calles que ya conocía y que le habían robado un cariño entre mágico y sutil.
Tomó unas aspirinas sin pensar. Mientras buscaba los zapatos apropiados para pisar pavimento, no sin buscar el teléfono casi sin crédito.
Deseó una tarde sin aburrimientos. Deseó vivir algún tipo de experiencia que le proporcionara un escape de la monotonía con la que convivía pacifico y sin remedio. Qué difícil es ser creativo a la hora de visitar una ciudad con tantas opciones. Hay distancias que prescinden de los kilómetros y son tan largas…
Tribulaciones de una tarde sin tristezas.
Trepaban las ilusiones de algo con sabor. Descubrir sabores nuevos, preferiblemente picantes. Algo lo exaltaba y a la vez lo devolvía a la misma calle sin rumbo.
Tal vez caminar sin sentido, sin conocer las metas servirían como terapia sencilla. Traspasó algunas pocas avenidas sin percatarse que se alejaba del sitio del encuentro pactado. Siguió por la angosta calle cuando se sintió abrumado por tanto transeúnte entre empujones, y la tarde no se midió con relojes sino por un devenir que escapaba a los astros y ahora se medía con semáforos que encendían sus luces rítmicamente.
Cumplía un paseo sin alborotos cargando una ligera mochila de tedio. ¿Quién habrá pisado estas mismas baldosas que ahora estoy pisando?, caviló deteniendo la marcha.
Un viento frío sopló como una ávida amenaza cuando abrió los ojos y la imagen lo devolvía a su habitación, ya sin ánimo de partir hacia la urbe.

domingo, 10 de agosto de 2008

El temeroso



Tuvo miedo de abrir la puerta y entrar, algo le sabía a peligro, por más que sabía que no había motivos, pero el temor dominaba sus pensamientos. Quiso bajar por las escaleras por temor a quedar encerrado en el ascensor, cuando un miedo resbaladizo lo envolvió sin remedio. La disyuntiva era simple, entrar o escapar. Abrir la puerta y enfrentar el adentro o salir corriendo con riesgos de quedar encerrado o resbalar. La disyuntiva era estricta, o entraba o salía, pero no podía permanecer más de cinco minutos, tal vez porque el reloj que lo esclavizaba desde su muñeca no dejaba de marcar el tiempo y el no podía dejar de mirar y sentirse poseído, limitado, embrujado por las agujas digitales que le insinuaban que el tiempo también era parte de los peligros que lo rodeaban. No pensó en la posibilidad de subir, tal vez por cierto pudor a los vecinos de arriba, tal vez por no llenarse con otros miedos tontos, que sabía tontos y que lo condicionaban muy a su pesar. Tanta reflexión lo invitaba a una locura aceptable. Tantos pensamientos inútiles lo hacían sentir dueño de la situación en pequeñas porciones de tiempo, para volver a llenarse con nuevos temores, porque el ocioso pensar lo convidaba con un poco de creatividad para descubrir posibles miedos nuevos.
El corazón se le paralizó cuando el ascensor comenzó a bajar y escuchó el murmullo de unas personas que no conocía, o no podía distinguir. El alma quiso dar un salto cuando la alarma sonó, como confirmando la desgracia que él ya esperaba, como un “ya te lo dije” como confirmación de un oráculo sin explicaciones ni sentidos, al menos así son la mayoría de los oráculos pensó como un soslayo.
No le quedan más opciones que la de meter la llave en la cerradura y aceptar lo que fuera. No le quedaban más elecciones a la mano. Simplemente la llave en la ranura y cerrar los ojos, tragar saliva, respirar profundo y abrir la pesada puerta de madera, al tiempo que una imagen semejante a la suya, lo invitaba a entrar en la nube que comenzaba a nublarlo y hacerlo dormir.
No le quedaba más, que dejarse llevar, sin resistencias, dejarse conducir por una fuerza misteriosa que lo envolvía para devolverlo al presente en medio de llamas, de gritos, de llantos, de carcajadas burdas, de miradas inexistentes, de suspiros y golpes semejantes a un chasquido de látigo en el aire. Sintió la boca pastosa, amarga y seca. Sintió un olor a almendras que no le pareció extraño. Un frío profundo le acarició la espalda cuando de pronto comprendió sin vislumbrar, en una conjetura limpia, que había traspasado el espejo

sábado, 9 de agosto de 2008

El tímido

Quiso decir lo que pensaba, anunciar lo que sentía, sin embargo una muralla invisible gobernaba las distancias entre su interioridad y el mundo circundante. Quiso decir y no pudo, no sólo por falta de palabras, no se trataba de una afasia nominal, sino de una barrera fuerte y persistente que lo condicionaba incluso en sus actos. Quería, claro que quería, el deseo estaba intacto en él. Pero la barrera irrefrenable lo dominaba terriblemente.
Cuando llegó a la parada del colectivo, dudó por un instante si preguntar a los que aguardaban, pero no dejó de pensar y ensayar las palabras. “¿hace mucho que esperan?”, ¿esperan el sesenta? ¿conoce la frecuencia?
Un viejo con un ridículo sombrero ojeaba el diario plagado de noticias viejas. Pocas cosas son tan viejas como el diario de la mañana leído por la tarde. El viejo miró de reojo al tímido muchacho que se debatía en la duda de la simple pregunta. ¿En qué cambiaría saber el tiempo de la espera, si debía esperar de todas formas?
Qué frío, ¿no? Nunca fue pronunciado.
Tengo que llegar antes de las once, pensó sin decir.
Mañana me aguarda un día espantoso,
Quiere leer, preguntó el viejo con molesta mirada.
El tímido permaneció sin palabra y miró los adoquines como si fueran salvadores.
Te pasa algo, querido, insistía el viejo que ahora mutaba en cara de preocupación.
Los adoquines abrieron una brecha y el tímido joven se escabulló por ellos perdiendo el colectivo, que pasaba a toda prisa por el empedrado.

viernes, 8 de agosto de 2008

El trasgresor


Una línea amarilla separaba el sitio hasta donde podían pisar los pies. La oficina atestada de caras molestas por las espera cargaban con pesadez la espera de más de dos horas para realizar un trámite tedioso y obligatorio. Se escuchaba de tanto en tanto el convite a pasar a través de los números.
Soy el 57, pensó con pesar.
Treinta y seis, treinta y siete…
Podría estar en cualquier lado, en cualquier parte del mundo, en mi casa, en mi cama, podría haber sido otro el día, divagaba por su mente con pesadumbre y cansancio de esperar.
¿y si vuelvo mañana?
Cuarenta, cuarenta y uno…
Por un instante su mirada se congeló en una mujer que hablaba por teléfono, entremedio de carpetas que hacían equilibrio sobre un escritorio en ruinas. Por un instante imaginó que entablaba una conversación con ella, que sabía su nombre, su edad, su estado civil. Por un momento imaginó conocer a Vale, la treintañera que no consigue nunca alguien que la quiera y la acompañe al cine a ver películas sin tocarle ni siquiera la mano. La que se levanta con sueño y murmura en el subte, cuando el ruido es molesto: “yo te escondo…” la que mira por la ventanilla de los trenes, los techos de las casas imaginando que adentro, hay una familia como no fue la suya. La que esta mañana se vistió sin pensar, ni darse cuenta que el maquillaje se le había corrido, con riesgo de imponer una moda. Vale la que ahora mira al techo con un leve suspiro, pensando, recordando, resonando…
Solo una línea amarilla nos separa. Ya conozco tu historia aunque aun no conozca tu casa.
Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete…
Un silencio paciente se acomodó en los oídos para escuchar la voz de la rubia treintañera.
No, no sé, no sé que decirte, tal vez mañana, pero hoy no puedo, sonaban las palabras en el teléfono.
Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve…
Cortó el teléfono y se quedó pensativa. Algo la inquietaba, dejándole esa mirada confusa y medio triste. Fue por ello que no se percató cuando se escuchó, el cincuenta, cincuenta y uno, el hombre impaciente se le acercaba haciéndole preguntas que no tenía ganas de contestar.
Valeria, dijo la jefa de departamento, ese señor pasó la línea amarilla.
Aguarde a ser atendido, dijo sin ánimo.
Cincuenta y dos, cincuenta y tres, cincuenta y cuatro…
Señor le dije que vaya para atrás.
Cincuenta y cinco…
Señor ha pasado la línea amarilla, señor…
Cincuenta y seis…
Vale, soy yo, ¿no te acordás de mí? El que traspasa la línea amarilla los primeros martes de agosto, para invitarte al cine, tomá, acá tengo mi número, soy el cincuenta y siete. ¿vamos?
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