
Miré el reloj, eran las cinco, unos nubarrones con formas ecuestres se acomodaban más allá del viejo almacén que en otro tiempo supo ser guarida de facinerosos a quienes evitaba mostrar mis miedos infantiles que aun vagan por los anaqueles de los recuerdos.
La ciudad, el ruido, las calles llenas de mugre autóctona, el hastío y la pesadumbre de la semana que incrementaban el peso de los hombros y la sensación de querer escapar. Melancólicos sentimientos con aires de tirano, controladores, perversos, ingratos, con sabor a trágica inocencia que se acomodan en lo cotidiano siendo regentes de la realidad toda, a pesar de nuestras ilusiones de estrellas brillantes. ¿Cuánta realidad podré soportar? ¿Cuánto realismo puede contener una vida? ¿Alguien podrá rescatarme de esta abundancia habitual de estratagemas sin ilusión?
La nube iba cambiando sus formas. Los ojos miraban no sin curiosa mirada, aquello que podía tratarse del juego de las musas, si bien las musas habían entrado en un eterno descanso dejándonos librados a nuestra pobre suerte.
Níveo celaje que te conviertes en mano, así me imagino que es la mano de Dios, mano que me envuelve para llevarme a otro mundo, tal vez el de los ansiados oropeles que en otros tiempos eran artificios de mitologías infantiles.
No tuve miedo. Sin mareos y con ánimo de surcar el cielo me dejé llevar por el impulso del viento.
Desperté en medio de la noche, las limpias gotas de lluvia me devolvían otra vez a la realidad.