jueves, 18 de diciembre de 2008

Miradas


El calor amenazaba con hacernos perder lo que quedaba de razón o de aparente cordura, el aire estaba denso y enrarecido, un murmullo quieto inundaba la sala cargada de improperios propios de toda sala en que se espera hasta el hartazgo. Nos miramos casi sin querer, siempre en esas situaciones la incomodidad es vinculante y atroz. Nos miramos con un dejo cómplice y gracioso, al menos eso pensé en el primer momento sintiendo que era correspondido en la mirada, quise decir algo pero todo lo que se me ocurría era trivial o estúpido o ambas: ¿hace mucho que espera? ¿Qué calor, no? ¿Hace mucho que conoce al doctor? ¿Le molesta si tomo esa revista? Sin embargo me limité a seducir con la mirada, hacer caras simpáticas y mantener una sonrisa que a la noche pagaría con un dolor mandibular, es que mi cara está acostumbrada a sonreír poco, a servir de sustento grave y serio.
Mi sonrisa era correspondida y me sentía cómodo y a gusto, dejó de importarme la señora mayor y pedante que resoplaba molesta de tanto en tanto manteniendo un compás rítmico y saleroso.
Sonaba otra vez el teléfono, el viejo ventilador de aspas ennegrecidas aportaba un murmullo cansador sosteniendo la melodía del sonar del teléfono ruidoso. La joven secretaria apática y díscola, intentaba camuflar el telefonazo de un pretendiente inoportuno mientras el minutero seguía dando vueltas como si fuera el segundero.
No me animé a mirar directamente a la cara, tal vez por pudor… pero me detuve en las manos sobre el sillón de cuero verde que aportaba una vaga esperanza a la espera interminable de la sala poblada de impacientes.
Detesto perder el tiempo, dije para mí y manteniendo la sonrisa, la salud se me va a arruinar con tanta espera. ¡es que las esperas me dan ganas de fumar! Y sin remedio tomé una revista preguntando a todos si me daban permiso. Hizo un ademán de aprobación y la señora molesta dio vuelta la cara molesta solo por demostrar caricaturizada su molestia advertida ya por todos.
Pase, el doctor espera, dijo la joven… y tomando un bastón blanco se levantó delatando su ceguera.
Podría pasarme la vida haciendo caras a la misma ceguera sin advertirlo ni quererlo.

2 comentarios:

Nacho Hevia dijo...

me encantó, de tan ciego que soy a veces

un abrazote lleno de cariño

Anónimo dijo...

Sabes Humanista, muchas veces las miradas indican todo lo contrario de lo que pensamos.

Una vez estaba de pie en una plaza, un tipo me miró y mientras el pensamiento de el era de cómeme!!! el mio era no!

Lo contrario siempre va a ser o algo molesto o algo seguro.

Abrazos

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