sábado, 19 de diciembre de 2009

Café


Recorrió la calle mojada y poblada de ausencias con la simple intención de tomar un café. Saborear a medida que avanzaba paso a paso, la humeante taza, las atmósfera que se da en los cafetines porteños donde el corazón se armoniza al ritmo del ruido de la cafetera o de las chapitas golpeando sobre las feas bandejas de los mozos.
No se percató del horario, ni de la lluvia que lo estaba empapando, ni del calor que invitaba más a una cerveza que a un café caliente como el día.
Percibió, si, una luz que lo seguía como si fuera una luciérnaga, pero las luciérnagas no son comunes en ciudades como Buenos Aires, no tenemos espacio para ellas, ni para alguna gente con brillo propio, porque es la misma Reina del Plata la que brilla y refleja.
Una ráfaga de recuerdos le atravesó el pecho junto con la luz que revoloteaba en el camino y recordó a sus muertos, a los que habían muerto por causas naturales y los que habían desaparecido por la acción del tiempo, en definitiva todos cargamos con muertos, los que han muerto en la vida y los que ha matado el tiempo, o nuestro desinterés, o nuestra abulia, o nuestras ocupación diarias. Recordó rostros colmados de sonrisas, conversaciones, abrazos adeudados, sentimientos, palabras. Recordó también algunas direcciones y números de teléfonos, sensaciones extrañas le embargaban el cuerpo, subiendo desde los pies y haciendo helar la cabeza; tuvo ganas de golpear la cabeza con el primer poste a mano pero los ojos mojados de lágrimas frescas que traían cosas pasadas no lo dejaban encontrar con que golpearse. Tanteó un pañuelo en el bolsillo, pero no usaba pañuelo desde la gripe de 2004 cuando el médico le recomendó pasar a los pañuelos de papel.
El café le sabía insulso y los sonidos del reciento metálicos y lejanos. Tuvo ganas de fumar un cigarrillo como los viejos tiempos en que te podías arruinar la vida tranquilo y sin tanta conciencia sanitaria. La luz salía de su dedo índice atravesando el recinto, saliendo por la vidriera y perdiéndose por la calle. Nadie se percató. A nadie le sorprende nada en la cuidad en estos días, podes salir corriendo desnudo o con los dedos como linternas que todo da igual, pensó destapándose el dedo que había cubierto en un arrojo de pudor.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Un gusto tenerte de nuevo realmente, que no se corte por favor!

Juan dijo...

Ah no sabes el placer que me da tenerte de nuevo por aca!!!
Y mas compartiendo un café!
Grandioso post Gonza!!

besos

Juancho!

betulo dijo...

¡Cuantas veces he venido a abrebar aquí y veía que no manaba! gusto verter de nuevo activo. Yo tampoco he estado activo aunque te lo parezca por lo de casa de Jacobo.